Carta abierta a Mariano Rajoy

Josep Martí Gómez   11-07-2007

Una cosa no le perdono, señor Rajoy: que yo sea motivo de chirigota entre mis amigos porque cada vez que usted abre la boca me recuerdan que le definí como un hombre tranquilo, de centro, dialogante. Un registrador de la propiedad que había perdido el aire de superioridad de ser el primero de la clase.

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    Yo le definía así porque las veces que estuve con usted en cenas privadas me cautivó con su sentido del humor, su pasión por el ciclismo, sus retratos al oleo verbal de gente como Lendoiro y su seráfica afirmación de que Rato no podía tener una amante porque trabajaba mucho, tesis que su jefa de prensa matizó con un elocuente “Mariaaanooo...”.

    La dicotomía que usted planteaba entre trabajo y sexo ratificaba lo que de usted me habían contado: que era un hombre astuto en lo político, siempre sin perder las formas, e ingenuo en lo personal.

    ¿Recuerda su viaje a Ginebra, siendo treintañero? Iba en compañía de unos diputados gallegos y les invitó a tomar una copa. Les metió usted en un local de alterne, pese a que Carlos Casares le susurraba “Mariano, que esto es un puti club”. “¿Cómo va ser un puti club con estas chicas tan simpáticas?, respondió usted. La chica simpática lo primero que hizo fue servirles champagne francés. “Muy simpática esta estudiante portuguesa”, comentó usted. “Mariano, que es puta”, le susurro otro amigo. Cuando le llego la factura, sesenta mil pesetas de la época, usted no llevaba bastante dinero y tuvo que pedir prestado. A Casares le devolvió su préstamo un par de años después junto con una caja de cigarros habanos y una nota que decía: “Por el pago de la deuda contraída por el placer erótico no consumado con una puta portuguesa”.

    Cuando menos en aquel tiempo reconocía sus errores. Ahora parece empeñado en defender posturas en las que quiero pensar es posible no crea ni usted mismo. Un ministro de Interior, y usted lo fue, debe tener un poso de cinismo como forma de defenderse ante el reto diario de tener sobre la mesa de sus despacho el mosaico de todas las miserias de los ciudadanos y de las cloacas del Estado.

    Usted pasó por esa experiencia y una de las veces en la que nos vimos me cautivó con la frase “cuando se planifican unas operaciones políticas complejas lo mejor es estar por ahí”, pero desde que es jefe de la no leal oposición su estilo es bronco, no tiene la elegancia de la ironía que por el talante que exhibía en aquel tiempo yo pensaba era su mejor arma. No quedan vestigios de aquel político con el que parecía no podría pelarse nunca un rival de la oposición aunque nunca llegase a un acuerdo con él.

    Era usted la síntesis perfecta del político de la vieja escuela gallega, partidario de dejar pudrir los asuntos conflictivos antes que entrar a saco en ellos con riesgo de quemarse en los conflictos. La gente de talante liberal que le trató en el pasado valoraba su capacidad para escuchar. Ha sufrido una trasmutación personal similar a la de Aznar.

    Yo, siguiendo la tesis de Italo Calvino sostengo que todo es debido a influencia capilar. En una Europa en la que ningún político lleva ni barba ni bigote que usted y Aznar lleven adminículos capilares es signo externo de un talante político que ya no se lleva en Europa. Quizá por eso sea tan bronco exigiendo una cosa que ningún político europeo osa pedir a su gobierno, sea este de la ideología que sea: que haga público las actas de negociaciones con terroristas.

    Temo, señor Rajoy, que entre los tres mosqueteros espadachines del PP que son el Aznar teórico del penalti, el trilero de Zaplana y el Acebes que cuando habla parece esté comiendo palomitas, han matado al buen Mariano que lleva usted dentro.

    Le saludo atentamente.

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