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El colegio cardenalicio, una
invención ajena al Evangelio
El colegio cardenalicio, con sus mil años de historia, es una institución muy discutida en algunos sectores de la jerarquía catsólica, donde se la considera una invención del poder temporal completamente ajena al Evangelio.
| Texto: R.P.
| Fotografía: REUTERS |
Desde el siglo XII, el papel fundamental
es elegir al Pontífice, que a su vez es el encargado de nombrar
a estos príncipes de la Iglesia, con derecho a vestir de púrpura
de pies a cabeza -calcetines incluidos- aunque la mayoría prefiera
la discreta sotana negra ribeteada en rojo.
En el pasado, el capelo cardenalicio era símbolo de poder, riquezas
y prebendas sociales. Hoy las cosas son distintas y los cardenales
perciben un sueldo modesto de unos cinco millones de pesetas al
año, aunque su prestigio sigue siendo elevado. Participar en el
cónclave es uno de los cometidos esenciales de sus eminencias.
La elección de un pontífice suele estar precedida por largos y complejos
conciliábulos hasta que un candidato obtiene los dos tercios
de los votos. A menudo, lo peor para un papable es que se hable
mucho de él en estos términos.
En vísperas de la elección de Albino Luciani -el malogrado papa Juan Pablo I-, el 6 de agosto de 1978,
la publicación de una entrevista con el cardenal Giuseppe Siri destruyó
las posibilidades de este purpurado de ceñir la tiara papal.
Años después se supo que la entrevista era una invención. El pontificado
de Juan Pablo II hizo más internacional y más numeroso al colegio
cardenalicio, cuyo número llegó a los 195 purpurados tras el Consistorio
de octubre de 2003.
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