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Un pontificado polémico y contradictorio
La elección del polaco Karol Wojtyla
como Papa fue calificada universalmente como de "gran sorpresa".
No sólo por ser el primer pontífice no italiano desde Adriano VI
(1522), sino que no aparecía en ninguna de las listas de los candidatos
con posibilidades elaboradas por los expertos en cuestiones de la
Santa Sede..
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| Texto: JUAN ARIAS | Fotografía: REUTERS |
El grupo de periodistas que nos hallábamos en la plaza de San Pedro cuando el difunto cardenal Felici anunció al mundo la elección como obispo de Roma del polaco Karol Wojtyla nos quedamos de piedra. Hacía más de 400 años que de la Capilla Sixtina no salía elegido un papa que no fuera italiano. Y en aquel instante comenzaron las primeras especulaciones. Todas falsas, como suele acontecer con quien pretende adivinar el futuro. Se pensó entonces que los cardenales habían querido elegir a un Papa que iba a apoyar el llamado "socialismo del rostro humano". Se pensó en un Papa -porque era muy joven- que iba a abrir nuevos caminos en una línea progresista. Todo equivocado.
Globalización de la Iglesia. Sin duda,
Wojtyla se reveló enseguida como un Papa buen conocedor
de la fuerza de los medios de comunicación. "Haré
lo posible", dijo a un amigo íntimo en los primeros
días de su pontificado "para que la Iglesia sea noticia
en todo el mundo". Y lo consiguió, porque fue el Papa
que ganó mayor espacio en periódicos, radios y televisiones
del mundo. Sus cientos de viajes fueron concebidos como una gran
campaña electoral, a nivel planetario, para acrecentar
el prestigio de la Iglesia Católica. Llegó a decir
que para él, lo más importante de sus viajes eran
"los encuentros con los grandes de la tierra" que eran,
según su mentalidad, los que podían o bien defender
a la Iglesia o bien concederle nuevos privilegios.
Romper moldes. Para ello no se paró en
mientes y recibió y estrechó manos y bendijo y dio
la comunión a famosos dictadores de todo el mundo. Todo
con tal de que la Iglesia pudiera ser cada vez más fuerte.
Y lo cierto es que consiguió prestigio mundano para la
Iglesia en muchas partes del mundo donde los católicos
eran minoría. Y acabó confundiéndose con
modernidad y progresismo ciertas actitudes relajadas del Papa
polaco, que aparecía como deportivo y a veces hasta desacralizador
de los viejos corsés pontifícios y vaticanos. Así,
fue el primer Papa que aceptó dar entrevistas periodísticas,
que se ponía un jersey encima de la sotana, que discutía,
polemizaba y bromeaba con los periodistas que lo acompañábamos
en sus viajes alrededor del mundo.
Mensaje conservador. Pero mientras la Iglesia
triunfaba externamente, dentro, en su comunidad más íntima,
se fue desgajando. Los teólogos de la liberación,
que trabajaban con ahínco entre los más pobres del
tercer mundo, fueron perseguidos y a veces hasta condenados al
silencio. La Iglesia de Wojtyla se hizo duramente conservadora
en materia de doctrina y de sexo, y se colocó bien próxima
a las posturas del Opus Dei, una institución que ayudó
no poco a que llegara al Pontificado y que lo sostuvo siempre
moral y financieramente. La Iglesia quedó dolorosamente
dividida en su interior.
Anticomunismo. Aunque con apariencias de apertura
en lo social, en realidad el papa Wojtyla fue siempre alérgico
a todo lo que oliera a izquierdas. Se sentía siempre más
a gusto con un dictador de derechas que con uno de izquierdas.
Solía decir que de las dictaduras de derechas se puede
salir pero no de las de izquierdas, aunque vivió lo suficiente
para ver como se derrumbó el comunismo.
¿Por qué, entonces, pasó como el Papa que más combatió al capitalismo y al consumismo? Porque, acabado el comunismo como enemigo de la Iglesia contra quien luchar, la Iglesia se había quedado sin un antagonista. Y el Papa Wojtyla encontró su nuevo enemigo en el capitalismo, sin darse cuenta de que la estructura misma de la Iglesia es capitalista, que en la Ciudad del Vaticano, donde él vive, sus mil habitantes no pueden tener un sindicato que defienda sus derechos de trabajo y donde no puede trabajar una mujer que se divorcie. Con una mano combatió al capitalismo y a la globalización, y con la otra excomulgaba a los seguidores de la teología de la liberación. Como mínimo fue un pontificado polémico y contradictorio.
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