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A vivir que son dos días - Javier del Pino

Antonio Gala, genio y figura

   17-12-2011 - 07:34 CET

Visitamos a Antonio Gala en su casa de Madrid. Nos recibe rodeado de bastones, tiene más de mil, 600 aquí y 400 en "La Baltasara", en Alhaurín. Se le ve bien a pesar de la enfermedad ("debéis usar gafas de cerca" dijo hace unos días a unos periodistas). Sigue derrochando la ironía que le ha caracterizado durante toda su vida.

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Antonio Gala, en su casa de Madrid

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Antonio, que no Martín

Tiene un nombre larguísimo, imposible de recordar. Pero se llama Antonio, aunque pudo llamarse Martín. Y es que, cuando el cura estaba a punto de bautizarle con tal nombre, su ama de cría se abalanzó sobre él al grito de "a mi niño no le ponen ese nombre". La RAE define martingala como: "artificio o astucia para engañar a alguien, o para otro fin".

Una dura lucha con la muerte

"He hecho tal esfuerzo por olvidar, que tengo la memoria partida". Lo que había que olvidar era la radioterapia, la quimioterapia... La desmemoria se nota a lo largo de la entrevista, porque Gala siempre vuelve atrás, a esa vida tan intensa de la que hay tantas cosas que rescatar. Vuelve a sus tiempos de estudiante de Derecho, a su negación a ejercer como abogado pese al disgusto de su padre, a su estancia silenciosa en la Cartuja... No teme a la muerte. La acepta de una forma natural. Todo lo que empieza tiene que acabar, y no cree en un "mas allá". "Si existiera Dios, no habría creado a un ser tan sanguinario como el hombre. La religión ha derramado mucha sangre a lo largo de la Historia".

Tiempo de premios y homenajes

Le acaban de entregar el Quijote de honor, algo que él considera casi como el Nobel español. Se alegra de que se lo hayan concedido en vida, y no a título póstumo como a Delibes. Dice tener muchas cosas en común con Cervantes. "Ahora, soy un poco más quijote por lo delgado que me he quedado, siempre he sido más Sancho Panza. Pero con quien realmente me identifico es con Rocinante". Se siente próximo a Cervantes porque está convencido, de que, a pesar de la creencia popular, el autor de "El Quijote" era de Lucena, Córdoba. Y él, aunque nacido en Brazatortas, Ciudad Real, se siente muy cordobés. Se siente muy querido. El pasado verano notó ese cariño en el campamento de los indignados de Sol. "Ya estaba pachucho. Me contaron que había algo en Sol, pero no me dijeron qué. Me acerqué hasta allí. Me recibieron, me hicieron pasar a su carpa y les dije que yo les entendía: que había que estar indignado, que estar indignado es estar vivo, pero que hay que saber cómo nos indignamos y contra qué o contra quién. Me subieron a hombros y cuando me bajaron, me emocioné y me puse a llorar". Cree que hay muchos motivos para la indignación. "Por la situación que vive Europa, con `la gorda y el flaco?, que han conseguido incluso que Francia pierda su mayúscula, aunque ese Sarkozy se lo tiene merecido".

Los jóvenes

Su espíritu es joven, y se siente muy cómodo rodeado de chavales, como en el caso del campamento de Sol. Pero donde realmente disfruta es en su fundación cordobesa. Allí, creadores entre los 18 y 25 años comparten experiencias y se forman en sus diferentes campos.

Una última obra de teatro

Escribir le hace vivir. Sigue publicando diariamente "La tronera", en el diario "El Mundo", columna por la que han concedido un premio periodístico a los derechos humanos, algo que él nunca hubiera imaginado. La literatura la tiene un poco abandonada. Le piden que escriba su autobiografía, pero cree que no le va a quedar tiempo porque sería una obra muy larga. Lo que sí le apetece es escribir teatro, algo entre la comedia y la tragedia, como la vida.

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