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SER Historia: 'Las Pinturas de Alaiza'

La parroquia de Alaiza conserva en el ábside uno de los conjuntos pictóricos más insólitos de la Edad Media. Nada de lo que vemos debería estar ahí. No hay Cristos, ni Vírgenes, ni santos. Al contrario, vemos guerra, muerte e incluso escenas escatológicas

NACHO ARES / SER HISTORIA   15-11-2012 - 17:17 CET

Las pinturas del románico con sus vivos colores son seguramente la prueba más evidente que demuestra que la Edad Media no fue, en absoluto, una edad oscura como más de uno se ha empeñado en querer hacernos ver

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Sin embargo, sí es cierto que la temática de esas pinturas, a pesar de su cromatismo, es en ocasiones y cuanto menos, tétrica. Si a esto le sumamos que en ocasiones esas pinturas son monocromáticas y ofrecen escenas realmente insólitas, que literalmente "no deberían estar ahí", el problema se convierte en algo arduo.

En el ábside de la iglesia de Nuestra Señora de Alaiza (Álava), el azar permitió que viera la luz un grupo de pinturas del siglo XIV cuya interpretación todavía está lejos de comprenderse. El párroco de la iglesia, don Juan José Lecuona, en 1982 imitó el gesto de otros párrocos vecinos a su pueblo. Rebajando la cal que cubría el ábside detrás de los retablos barrocos, aparecieron pinturas. Las imágenes originales que decoraban en la Edad Media estos templos. En el caso de Gazeo, junto a Alaiza, en la misma Llanada alavesa, un Pantocrátor brillaba en lo más lato del ábside, rodeado de escenas y personajes bíblicos.

Sin embargo, en Alaiza no apareció nada de eso. Lo que descubrió don Juan José fueron escenas caballerescas, centauros, extrañas procesiones de personajes insólitos, muerte, escenas grotescas con temáticas que no me atrevo a escribir, etc. es decir, como señalaba más arriba, cosas que "no deberían estar ahí".

La magia de la imagen

Las iglesias románicas como la de Alaiza debieron de estar repletas de simbología excepcional: escenas bélicas, mundanas, mágicas y esotéricas formaban un alocado laberinto teológico. Símbolos claramente paganos como el centauro o el árbol de la vida, se entremezclan con peregrinos, oferentes y caballeros. Sin embargo, hoy solamente vemos un baile de imágenes sin sentido cuyo significado se nos escapa de las manos.

Su aspecto es ambiguo y en ocasiones también pavoroso. Todos los personajes que recorren el ábside de la iglesia de Alaiza aparecen vestidos y dibujados con un grafismo terrorífico, más cercano a la fantasía contemporánea que a la pintura medieval. En un extremo vemos un hombre encapuchado observándonos desde las alturas con grandes ojos desorbitados. Parece un moderno alienígena. En otro, una mujer con la mirada perdida parece protagonizar una escena escatológica.

La presencia de estas figuras apocalípticas en el lugar más sagrado de la iglesia está lejos de ser casual. Si su explicación no encaja en la ortodoxia de la época, quizá haya que buscar la solución en otro plano: en el mundo esotérico. Él ábside de Alaiza ofrece una escena caóticamente organizada en donde cada símbolo parece desempeñar un papel en un registro determinado, desde el mundo terrenal hasta el plano superior más espiritual repleto de antiguos símbolos paganos.

Se ha intentado reconstruir la escena argumentando que recrea un momento del fragor de la batalla de aquella época entre caballeros ingleses y españoles. Una teoría más que nos ayuda solamente a ser conscientes de un detalle: que realmente nos queda mucho por aprender del mundo medieval.

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