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Un buen ejemplo de este tipo de especulaciones sin fundamento que terminan llevando al abismo a economías enteras es el de la «tulipomanía» que afectó a los Países Bajos en las décadas de 1620 y 1630, cuando los precios de los bulbos de tulipán ?una flor recién introducida en esta zona de Europa? alcanzaron niveles desorbitados en una espiral de ofertas y demandas que hizo que muchos productores y comerciantes se endeudaran e hipotecaran para dedicarse al cultivo y comercialización de la flor, incluyendo notas de crédito, apalancamientos, introducción en la bolsa y hasta mercados de futuros.
El relato de estos acontecimientos fue popularizado por el periodista escocés Charles Mackay, que lo reflejó, en 1841, en su libro "Memorias de extraordinarias ilusiones y de la locura de las multitudes". Proveniente de Turquía, donde se consideraba una flor sagrada, pronto se extendió como una plaga por los terrenos holandeses, donde las características del suelo ganado al mar resultan óptimas para su cultivo. Los factores que fueron determinantes en que se produjera este fenómeno fueron, por un lado, el éxito de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y la prosperidad comercial sin precedentes que trajo a los Países Bajos, y por otro, el gusto de los holandeses por las flores, especialmente las exóticas, que se convirtieron en objeto de ostentación y símbolo de riqueza. En poco tiempo el tulipán se había consolidado como un símbolo de poderío económico entre la alta sociedad holandesa, y todo el mundo quería tener uno.
Pero, aparte de esto, existió una razón misteriosa que fue la espoleta de esta fiebre del tulipán. Por razones que en aquel tiempo se desconocían, los tulipanes cultivados en Holanda comenzaron a experimentar variaciones en su apariencia. Los cultivadores no cabían en sí de gozo y, a la vez de asombro. Qué tenía la tierra Holandesa que hacía que crecieran esas hermosas flores. En los años siguientes aparecieron diferentes tipos de tulipanes nunca vistos con anterioridad: más altos, más coloridos, con diferentes tonalidades. El mercado se llenó de estos tulipanes multicolores, irrepetibles, lo que aumentaba su exotismo y por tanto su precio. Hoy se sabe que la causa de ese fenómeno era un parásito de la flor, el pulgón, que transmite un virus a la planta conocido como Tulip Breaking Potyvirus. El color de la flor era aleatorio, nadie podía controlar de qué color sería un tulipán hasta que no había florecido, por lo que los tulipanes de ciertos colores estaban mejor cotizados que otros más comunes; de esta forma el precio de la flor empezó a subir paulatinamente.
A comienzos de la segunda década del siglo XVII el precio de los tulipanes experimentó un alza que nadie hubiera podido imaginar dada la naturaleza del artículo. La gente comenzó a vender casas señoriales, campos de cultivo, o granjas enteras a cambio de una sola planta. Y, como suele suceder en estos casos, semejante mercado alcista dio lugar a una amplia especulación. El vendedor no había visto en su vida el tulipán que se estaba vendiendo, tan solo operaban con un bono que representaba un tulipán que, a veces, ni siquiera había sido plantado aún. Los beneficios eran extraordinarios y a mediados de los años 30 del siglo XVII eran muchos los que podían decir bien alto que habían amasado una fortuna en base a los tulipanes. Sin embargo, ya había quien se estaba dando cuenta de que se estaba inflando una burbuja absurda, y que era ridículo el precio que habían alcanzado unas flores que tan solo florecían dos semanas al año.
Pero cuando la gente quiso vender sus tulipanes, ya era demasiado tarde, no había comprador dispuesto a desembolsar las fortunas que se habían pedido hasta ese día. El precio de los tulipanes comenzó a caer de forma brutal. Primero hubo quien se conformo con recuperar lo invertido, luego los que no les importaba perder un poco, finalmente llegaron las ventas a perdida para recuperar lo que fuera. Miles de personas habían perdido casas, trabajo o familia: no tenían absolutamente nada...
Otro caso clásico es el del escocés John Law, que a comienzos del siglo XVIII montó en Francia un tinglado para vender acciones de futuro de las minas de oro que supuestamente se encontraban en Luisiana. Las consecuencias fueron desastrosas para la vida económica francesa. Pero nada de esto es comparable a la burbuja especulativa actual, cuyas dimensiones exceden todo lo imaginable. Aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, el problema se ha vuelto tan difícil de manejar que ya sería hora de pensar seriamente en su disolución negociada o bancarrota ordenada y en la erradicación de tales prácticas especulativas.