JOSÉ MARTÍNEZ
Criado en La Masía y curtido en la Premier League, Cesc Fàbregas está en plena madurez futbolística. A sus veinticinco años, sabe lo que es llevar durante muchos años el brazalete de capitán de uno de los clubes con más solera de Inglaterra, el Arsenal, en el que ejerció de cerebro del equipo casi desde el mismo día de su debut.
Talento y precocidad, desde muy joven se ha habituado a sobrellevar la presión de jugar en la élite del fútbol. La Selección ha sido durante las últimas temporadas la vía de escape del catalán, que aumentaba su palmarés con España mientras su antiguo club languidecía pese a los esfuerzos del técnico francés Arsene Wenger, su mayor valedor desde que fue a buscarlo a la cantera del Barcelona.
Pero para ganar, Cesc ha tenido que desafiarse a sí mismo. Asumió lanzar el penalti decisivo frente a Italia en los cuartos de final de la Eurocopa de 2008. “Lo tengo que demostrar”, se decía a sí mismo antes de engañar a Buffon en el quinto lanzamiento, el que normalmente los entrenadores reservan para su mejor especialista. Dos años más tarde, Iniesta marcaba a pase suyo el gol más importante de la historia del fútbol español.
La mejor arma de Cesc es el juego de toque en el centro del campo, que lo convierte en un elemento más de la telaraña que España teje en las cercanías del área rival, ya sea por delante del mediocentro, filtrado entre las líneas enemigas o como falso delantero. Del Bosque confía en que el de Arenys de Mar supere una inoportuna lesión de última hora para que en la Eurocopa ayude a la Selección a seguir superando barreras.
De hecho, él es uno de los jugadores en los que más confía para ocupar ese puesto de comodín que hace de falso nueve en los partidos en los que España renuncia al ariete y busca llegar a la portería contraria con más paredes y combinaciones en la frontal del área que con balones colgados desde los costados.
El diamante en bruto que se marchó siendo un adolescente a Londres llegó pulido del Arsenal para convertirse de inmediato en un futbolista clave para el Barcelona. Debutó sin su licencia en la Supercopa de España y provocó la expulsión de Marcelo tras una fea entrada. Un título nada más aterrizar, a los que habría que añadir la Supercopa de Europa, el Mundial de Clubes y la reciente Copa del Rey.
En su regreso a Barcelona, Cesc ha jugado más pegado que nunca a la portería rival. Guardiola encontró en el catalán al hombre perfecto para jugar como falso nueve y los números le dieron la razón: trece goles, dieciséis asistencias y una conexión mágica con Leo Messi. Con la vuelta del catalán, la generación del 87 -Messi, Piqué y Cesc- aumentó todavía más su importancia en la primera plantilla.
Sin embargo, una lesión muscular en octubre frenó su progresión. El buen rendimiento de Alexis llevó al catalán a alternar el centro del campo con la punta de ataque en el 4-3-3 del Barcelona, siendo una de los hombres más sustituidos a lo largo del curso, nada menos que en veintitrés ocasiones.