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Gastro

Un año sin Joaquín Merino

"Uno de los mayores vividores que he conocido"

ALBERTO GRANADOS   15-12-2012 - 18:04 CET

He tenido que mirar varias veces el calendario porque no podía creerme que se cumpliera ya un año de la muerte de Joaquín Merino. Seguramente sea porque en casi todas las tertulias o sobremesas que mantengo, su nombre aparece una y otra vez. Bueno, su nombre o su apelativo: Príncipe. De esta manera llamaba a todo aquel que se le acercaba... "¿Cómo andas, príncipe? ¡Ponme otro vino, príncipe! ¡Muy rica la comida, príncipe!". Y eran tantas las veces que repetía la palabrita que, al final, a él también todo el mundo le llamaba así.

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En la mesa con Joaquín Merino

De izquierda a derecha: Sonia, su esposo, Alberto Granados, Manuel Míguez, Joaquín Merino y su esposa, Mercedes.- (CORTESÍA DE A. G.)

Me hizo mucha gracia descubrir que Joaquín llamaba príncipe a todo el mundo porque no solía acordarse de los nombres y esa era una salida ideal ante alguien que se le acercaba a saludar. Obviamente las mujeres eransultanas o princesas y, las de los amigos, las paris. Es decir, las parientas.

¡Han sido tantos los momentos que hemos compartido juntos! Y eso que ya lo conocí cuando era mayor... ¿Cuántos años tenía? Eso es algo que se llevó a la tumba porque era muy coqueto y jamás conseguí sacarle el dato.

Merino entró en mi vida cuando le fichó Goyo González como colaborador de gastronomía en el programa Hoy por Hoy Madrid. Yo, en aquellos años (sobre el 99), compartía micrófono con Goyo y Joaquín, que venía de El País Madrid y nos deleitaba con sus comentarios. Pronto los momentos de radio pasaron también a ser momentos de tertulia. Yo le acompañaba cual lazarillo a muchos encuentros gastronómicos.

Le divertía que yo, al igual que él, me supiera un montón de canciones que, al calor de un buen whisky, entonábamos cuando el dueño del local nos dejaba, ante la mirada perpleja del resto de comensales. La canción comenzaba tranquila pero iba subiendo en tono a la vez que él golpeaba acompasadamente la mesa y finalizaba siempre con un: ¡España!

Aquellos eran buenos tiempos. Por la mañana, radio; y al mediodía, comida con Joaquín, a veces hasta que caía el sol. A pesar de la diferencia de edad, sincronizamos muy bien. Yo me sorprendía de las confidencias que compartíamos como si de dos quinceañeros se tratara. Y lo que más me llamaba la atención es que el príncipe, en ocasiones,me pedía consejo y me escuchaba con atención.

Las comidas después de la radio se fueron también convirtiendo en almuerzos en el fin de semana, acompañados de nuestras paris. Teníamos algunos lugares de referencia donde éramos bien recibidos y bien cuidados, y a los que con cierta asiduidad acudíamos. La Barraca, Combarro, Lucio... Uno de aquellos, que sigue siendo de mis favoritos, era el restaurante Charolés, de El Escorial, que con tanta amabilidad y cariño dirige Manolo Míguez.

Cada cierto tiempo nos acercábamos a Charolés. Yo recogía a Joaquín y a Mercedes, su pari, y junto a mi santa nos encaminábamos rumbo a El Escorial. Aperitivos... y luego ¡a comer! Joaquín era muy exquisito, no era fácil contentarle. Tenía un apetito voraz y a pocas personas he conocido con esa capacidad para comer y beber.

Terminábamos la comida y llegaban los postres, y la copa, y los cafés, y más copas... y luego, de nuevo, algo de vino para merendar, que por supuesto había que acompañar de alguna rica presea. No quedaba otro remedio que pasear durante varias horas por las estrechas calles de El Escorial antes de poder bajar a Madrid. Recuerdo uno de aquellos viajes en el que yo estaba "sembrado" y, a cada minuto, conseguía arrancarle una carcajada. Ahora me divierte recordarlo pero aquel día lo pasé fatal. Fue tanta la risa que pensé que para alguno de los dos sería su último viaje a Madrid.

Podría escribir folios y folios de anécdotas, como la de cuando estuvimos embarcados en nuestro libro común: Titanes de los Fogones. No llegábamos a la fecha acordada con el editor y telefoneaba todos los días a Joaquín, a su casa de Galicia, en la que veraneaba, para meterle presión. Al pobre casi me lo cargo por el estrés al que le sometía.

Él escribía en su vieja máquina sin dar su brazo a torcer. No quería saber nada de tecnología. Para eso ya me tenía a mí o a su hija Isabel, que se convirtió en su mano derecha.

Recuerdo también el día que, junto a Goyo González, Antonio de Olano y Fernando Berlín, nos fuimos a un restaurante de la Casa de Campo de Madrid para robar una gallina... ¡Lo que daría alguno de nuestros cineastas españoles por una de esas historias dignas de López Vázquez o Alfredo Landa!

Como decía al principio, Joaquín no se ha marchado ni se marchará jamás. Nos quedan sus colaboraciones en televisión, su voz en la radio, su letra en los miles de artículos, reportajes y libros que ha publicado, y sobre todo nos queda en el corazón de todos los que lo conocimos.

Pasado el tiempo no hay botella de vino que descorche o sobremesa que disfrute sin que me acuerde de él, de mi maestro: del Gran Joaquín Merino: uno de los mayores vividores que he conocido.

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