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LA SER LUCHA CONTRA EL HAMBRE

Los prejuicios del hambre

Los niños no mueren sólo porque falte la comida, ni el problema se reduce sólo a la gente que muere. Pisar el terreno desmonta tópicos sobre la crisis alimentaria del Sahel

JOSÉ LUIS SASTRE   20-05-2012 - 16:59 CET

En los últimos cuatro días hemos recorrido aldeas perdidas en el corazón de Níger, aldeas con chozas y casas de adobe. Hemos visitado hospitales y hemos visto de cerca la ayuda que presta Acción contra el Hambre a los niños que sufren desnutrición aguda severa, la fase más próxima a la muerte. En este tiempo, sobre el terreno, se nos han desmontado algunos de los tópicos que se asocian al hambre. Estos son algunos de esos tópicos y cómo nos han ido cayendo. | Participa en golescontraelhambre.com

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Mueren porque no hay comida. Parece evidente, pero no es tan simple. Mueren porque no tienen acceso a la comida, que no es lo mismo. Porque se disparan los precios. O porque cuesta lograr una alimentación equilibrada de los pequeños.

En una misma aldea hemos visto a una madre con ocho hijos, de los que cuatro padecen o habían padecido malnutrición severa. En esa misma aldea, prácticamente con los mismos recursos, otra madre presumía de la salud de su familia. Es importante lograr comida, pero también invertir en formar a las madres para que mejoren la alimentación de sus hijos.

Parte de la malnutrición se debe a una cuestión cultural sobre la que trabaja el gobierno de Níger con ayuda de las ONG. Nos explicaba el director médico del centro para niños con desnutrición severa que, a los seis meses de parir, la madre se vuelve a quedar embarazada. Dejan entonces de dar el pecho y ese es el momento de más riesgo para el bebé. De hecho, los niños internados en ese centro tienen de seis meses a cuatro años.

El problema del hambre es que mata. Cierto, pero verlo sólo así simplifica mucho la dimensión del problema. Entre otras cosas porque reduciría toda la ayuda que esos países necesitarían a la de dinero con el que comprar alimento. Y con eso no basta.

La gran mayoría de los niños con desnutrición severa logran salvarse con tratamiento. De hecho, en el centro que visitamos, la mortalidad del 0'27%. El problema es que hay muchísimos niños que padecen esa enfermedad, y que les deja secuelas: afecta a su desarrollo neuronal y puede debilitarles de por vida. Un estudio del Banco Mundial demostró que los países con problemas graves de desnutrición podían perder hasta el 5% de su PIB.

Las mujeres tienen demasiados hijos. Es otro de los argumentos que se da cuando miramos las crisis alimentarias. En Níger, cada mujer tiene 7 hijos de promedio. Y eso que, según Save the Children, este es el peor país del mundo para nacer. Peor que Afganistán y que cualquier otra parte del Sahel. ¿Por qué tantos hijos si las condiciones son tan adversas?

Primero, porque tienen una mirada del mundo distinta de la nuestra. En un contexto de pobreza extrema, las familias piensan que cuantos más hijos tengan más mano de obra tendrán cuando se hagan mayores. Explican también los que trabajan con estas familias que ellos, que no tienen nada, lo único a lo que pueden aspirar en la vida es a tener descendencia, como marca el patrón cultural.

No se puede acabar con el hambre. Desde luego uno no sabe con un viaje a Níger si se podrá acabar con el hambre en el mundo. Ni si bastaría con una inversión de 40.000 millones de dólares, como dijo Ban Ki Moon. Pero sí tiene la sensación de que podría hacerse mucho más: el hambre no se produce sólo por falta de alimentos y, por lo que hemos visto en el Sahel, con una buena formación para las madres y mecanismos contra la especulación en los precios de alimentos básicos se reducirían muchas muertes. Nos lo han demostrado pequeños proyectos en la base de Keita.

Los medios que tienen en África para acabar con el hambre no sirven. Los medios que tienen aquí son muy precarios. Esa es la verdad. La función de las ONG es básica para que los médicos puedan curar a los niños. Pero, por lo que hemos visto, los sanitarios se esfuerzan con un rigor extraordinario. Tienen todos los datos controlados. En el hospital de Keita, en medio de la nada, el director médico tenía colgadas en su despacho todas las estadísticas: niños con desnutrición severa, con desnutrición aguda, niños tratados y en riesgo.

La ayuda no llega. La ayuda, llega. Niamey está repleta de oficinas de ONG y entidades de cooperación. En las fuentes que se construyen o en los hospitales que hemos visitado no se ven placas con el sello del Gobierno, como ocurre en España. Aquí se ven emblemas como, por ejemplo, los de Acción contra el Hambre.

Después hay otros muchos tópicos que se cumplen, que responden perfectamente a tus prejuicios: aquí la mujer es la que saca la familia adelante, la que cocina y cuida de sus hijos.

Las imágenes de niños hambrientos que emiten las televisiones no están en absoluto sobredimensionadas. Es lo que hay. Y no sólo impresionan las barrigas hinchadas que provoca el marasmo, sino la mirada ausente de todos ellos. Y tampoco es mentira que esta gente, sometida a unas condiciones insoportables, es de lo más hospitalaria. En todo el viaje, no han dejado de saludarnos y ofrecernos lo que no tenían.

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