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La cocina del Monasterio de Santa Catalina de Arequipa

La capilla donde se enclaustran las monjas catalinas se ha convertido en cocina comunal de las mismas

ÓSCAR GONZÁLEZ MÁLAGA   29-05-2008

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Que una capilla se convierta en cocina es de por sí un hecho raro y singular. Sin embargo este suceso se hace realidad en la gran cocina del monasterio de Santa Catalina de Arequipa, fundado por los españoles en el siglo XVI.

Pocos años después de fundada la ciudad de Arequipa, el 15 de agosto de 1540, como un privilegio especial en el año de 1579, fue fundado el monasterio de Santa Catalina de esta ciudad. Tras las recias murallas de sillar que circundan el monasterio, hay un recinto amplio, con altas paredes, con hornacinas de gran tamaño, techo de cúpula y adornos primorosos labrados en sillar, que al decir de algunos entendidos, fue levantado para capilla interior del convento colonial. Por razones que son un enigma, su destino de capilla fue mudado nada menos que ha cocina comunal de las monjas catalinas, que se enclaustraban de por vida en total entrega a una vida de trabajo y oración.

Hoy en día, el recinto construido, con celo para capilla, luce tiznado de solemnidad con hollín en sus paredes y techos, tras casi cuatro siglos de recibir los humos de los fogones que se alimentaban con leña del lugar y carbón de piedra traído a lomo de mula, desde las minas de los Andes, hasta Arequipa.

El turista que visita la cocina de Santa Catalina se queda maravillado por lo singular del monumento y puede admirar los utensilios que se exhiben y perduran hasta hoy. Ollas, sartenes, jarros, cernidores, azafates, asaderas y cantarillas permanecen arrimados, después de tanto trabajar.

Un viejo pozo se asoma del piso mostrando su antepecho panzudo y el armatoste de palos con la vieja cabria, sostén del balde que un día sacó el agua del fondo, en viajes cotidianos, sin descansar.

Las grandes "chombas", vasijas, que guardaron el agua fresca para preparar los "chupes" de la tradición culinaria local, tras cuatro siglos de uso, permanecen intactas y envejecidas por el tiempo en su rincón conventual.

En un costado y arrimado al paredón de sillar, está el viejo horno que sirvió para dorar el pan amasado por las manos de las monjas, muy de madrugada, después del rezo de maitines y el repique de campana llamadora a la misa matinal. Hoy luce apagado, durmiendo su sueño luego de siglos de trajines y candelas de cochuras antañonas, de recetas con secretos de tiempo inmemorial.

Esta es la breve historia de la capilla que sin proponérselo, terminó en cocina y en casi un templo del arte culinario conventual.

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