Siete de cada diez jóvenes menores de 30 años viven con sus padres. Lo que antes era una elección personal en muchos casos se ha convertido en una imposición sin margen de maniobra por efecto de la crisis, que ha incrementado en cuatro puntos el número de jóvenes que no pueden emanciparse o bien que tienen que retornar al hogar paterno tras perder el empleo o romper con la pareja.
Los españoles han sido siempre de los europeos que más han tardado en marcharse de casa. Las estadísticas señalan que lo hacen de media a los 29 años frente a los 23, por ejemplo, de los finlandeses. La crisis no sólo está consolidando esa tendencia sino que está agravando sus motivos y consecuencias, según Almudena Moreno, coordinadora del estudio. "La diferencia es que lo que antes era elección ahora es imposición. En épocas de bonanza, parte de los jóvenes podían seguir en casa por comodidad, por aprovechar para terminar sus estudios o incluso ahorrar si tenían trabajo. Sin embargo, ahora tienen que hacerlo por pura supervivencia, no hay elección". Y el problema no sólo afecta a los parados sino también a quienes tienen un trabajo. Casi la mitad de los jóvenes ocupados entre 25 y 29 años sigue viviendo con sus padres.
De vuelta a casa por la crisis
El estudio señala que en los últimos seis años se ha incrementado en cuatro puntos el porcentaje de jóvenes que siguen viviendo con sus padres. Ahí entran tanto los que no pueden emanciparse por motivos económicos, al estar en paro o con salarios precarios que no les dan para vivir de manera independiente, como aquellos que ya vivían por cuenta propia y que ahora se ven obligados a volver a casa de sus padres. "Es lo que se conoce como el baby boomerang", explica Antonio López, catedrático de Trabajo Social y Servicios Sociales en la Uned. "Ahora vivimos en una sociedad con muchos mecanismos de ida y vuelta, y no sólo por motivos de desempleo o bajos ingresos, también por la ruptura de parejas jóvenes, que no pueden afrontar en solitario bien el mantenimiento de los hijos o el pago de la hipoteca".
La emancipación tardía está retrasando en consecuencia la formación de parejas y el nacimiento del primer hijo. Las españolas dan a luz por primera vez a los 31 años de media, una de las edades más elevadas de toda Europa.
Miriam, 36 años. Filóloga. Ha vuelto a la casa familiar porque la han despedido del trabajo. Y lo que le ofrecen no le da para independizarse; contratos que no superan los 600 euros al mes. "Creo que sé hacer la o con un canuto bastante bien. Tengo mis estudios, tengo mi formación, tengo mi experiencia. Es una frustración no poder acceder a un trabajo, ni si quiera a los que normalmente llamamos cutres".
Laura, 35 años. Atención al Cliente. Programó su futuro, su independencia, con la compra de un piso en Barcelona. Antes de mudarse, decidió ahorrar prolongando unos meses más la estancia en casa de sus padres. Siete años después, allí sigue viviendo; la subida de la hipoteca y la bajada de sueldo cambiaron sus planes. "Siempre me ha gustado mirar al futuro, pero en eso he cambiado. Vivo el día a día, el presente".
Sandra, 33 años. Ingeniero Agrónomo. Siempre ha vivido en casa de sus padres. Trabajó durante cuatro años en una empresa con un sueldo que no le daba "ni para compartir piso". Cree que ha llegado el momento de cambiar de etapa, aunque eso suponga irse lejos de España. "Estoy pensando en irme fuera en octubre o estudiar algo aquí. Esperar a que te llamen es muy complicado. Estoy intentando cambiar de sector".
Un poco tarde, pero también para Eduard: recuerda que algún maestro, filólogo, algún historiador han trabajado para que tú puedas escribir como escribes. Yo también trabajo tantas horas como tú o más, jamás he estado en el paro y contribuyo a que gente como tú sea capaz de entender lo que lee y expresar lo que piensa. Por cierto, que muchos economistas son responsables de lo que está pasando.
A Eduard. Me alegro por ti chavalote, pero un poquito de solidaridad no estaría de más y un poquito de humildad te vendría muy bien. Yo no he estudiado ninguna de las profesiones que has nombrado (todas maravillosas y totalmente necesarias!), pero a pesar de ser farmacéutica, también perdí mi trabajo. Mi marido es investigador y después de una maravillosa formación, de muchísimo trabajo (mucho más de las 11h de las que tu hablas), de muchos sacrificios y todo a cambio de un salario bastante precario, nos hemos tenido que marchar fuera de España para poder seguir trabajando... Es muy triste que gente como tu crea que es el ombligo del mundo y que los demás somos unos pringados, porque siento decirte que te equivocas y que algún día te tragarás tus propias palabras, y tendrás que empezar a vivir en el mundo real. Lo siento, porque tu caída será terrible.
Leo los comentarios. La mayoría expresan un alto grado de resignación. ¿Por qué? Somos una generación bien formada, detestamos la corrupción, el sistema actual. ¿Por qué no nos movemos? ¿Por que no pasamos de la resignación a la acción? Este país ha apostado por nosotros, apostemos nosotros por el país para salir adelante. Basta ya de que nos pinten el futuro negro. ¡Qué se han creído!
Eduard me gusta tu aporte por dos cosas la primera , ver que aun hay gente de nuestra edad que le va bien lo cual me alegro , y la segunda si fueras un poco mas inteligente y menos egocentrico verias que el mundo se rige por unas reglas y tu tienes la suerte hoy de estar en ellas , no cantes victoria como tu hemos estado muchos , mañana te largan y te quedas sin esos 3 mil euritos de nada y una letra que flipas ya que lo tienes tan ... tu me entiendes campeon.
A todos los filólogos, psicologos, pedagogos, periodistas, historiadores del arte, etc etc, DISFRUTEN DE LO ESTUDIADO! Soy licenciado en economía y soy casi 3 mil eurista y poco me parece que gano para mi formación y las horas que trabajo. Jamás he estado en el paro y además de trabajar 11 horas diarias minimo y muchos fines de semana, me sigo formando para seguir al pie del cañon porque a mi los politicos, sindicalistas, CEOES y demás parasitos, no me regalan nada!
El paro y los bajos salarios incrementan el número de jóvenes que tienen que volver a casa de sus padres